Durante un viaje de prensa de la RSPO a principios de 2026, pequeños productores de San Pablo, en el centro norte de Colombia, comparten cómo han reescrito la historia de su pueblo: desde un pasado marcado por la violencia vinculada al cultivo ilegal de coca hasta un futuro basado en la producción sostenible de aceite de palma. Juan Camilo Plazas, Gerente de Comunicaciones de la RSPO (América), junto con un equipo de periodistas, comparte de primera mano su vibrante trayectoria y sus encuentros en su diversa tierra natal.
San Pablo emerge a orillas del río Magdalena, en el norte de Colombia, como un pueblo vivo y activo. Alrededor de 30.000 personas lo consideran su hogar. Aunque sigue siendo desconocido para muchos colombianos, basta con llegar para percibir su vitalidad: movimiento, comercio y claras señales de progreso. Gran parte de esa energía hoy en día está estrechamente ligada al aceite de palma de producción sostenible, que se ha convertido en el principal motor económico del municipio y una fuente de estabilidad para cientos de familias.
Viajar a este pueblo en la región sur de Bolívar era mucho más que simplemente llegar a un destino. Era una invitación a escuchar con atención, observar sin juzgar y dejar que la tierra contara su propia historia. El corregimiento de San Pablo aún conserva las cicatrices de décadas de violencia, que alcanzó su punto álgido en la década de 1990 y principios de la década de 2.000 como resultado de la producción ilícita de drogas.
Junto con un grupo de periodistas de importantes medios de comunicación de América Latina, emprendimos este viaje de medios de la RSPO con un propósito claro: revelar la historia del aceite de palma sostenible en Colombia, contada por las personas que lo cultivan, lo procesan y reconstruyen sus vidas en torno a él.
Paisaje de contrastes
Salimos de Bogotá antes del amanecer en una avioneta mediana con destino a Barrancabermeja, a 420 kilómetros de la capital colombiana. Desde el aire, el paisaje cambiaba, recordándonos los contrastes de Colombia. Barrancabermeja, conocida desde hace tiempo como la ciudad petrolera del país, sigue siendo un símbolo de la producción nacional y sirvió como punto de transición antes de continuar hacia San Pablo.
El viaje cobró un significado más profundo cuando, junto a periodistas y representantes de la RSPO, abordamos una pequeña embarcación para navegar por el río Magdalena. El sonido del motor, el viento y el agua marcaron el ritmo de un viaje que nos llevaría no solo a través de la geografía, sino también a través de la memoria, la resiliencia y la transformación.
El sonido del motor, el viento y el agua marcaron el ritmo de un viaje que nos llevaría no solo a través de la geografía, sino a través de la memoria, la resiliencia y la transformación.
Partimos por caminos rurales para visitar fincas campesinas, recorriendo más de una hora hasta llegar a la finca Villa Amparo. Allí nos recibió Yoger Payares, un pequeño productor cuya historia encarna el profundo cambio que ha experimentado San Pablo desde los años de violencia.

Yoger es uno de los 208 productores independientes que se unieron bajo la Promotora Asociativa de Productores del Sur de Bolívar, PromoAgrosur, un colectivo que nace de un objetivo simple pero ambicioso: transformar su realidad a través de la producción sostenible de palma aceitera.
Con el apoyo del Fondo de Apoyo a los Pequeños Productores de la RSPO (RSSF), la asistencia técnica local y el respaldo de la Extractora Loma Fresca en el molino de aceite de palma, el grupo inició un proceso de fortalecimiento organizacional y adopción de buenas prácticas agrícolas. primera certificación nacional obtenida y ahora están avanzando hacia Certificación independiente de pequeños productores de la RSPO.
Reconstruyendo tras la violencia: historias de pequeños productores
Yoger habló abiertamente sobre los años de violencia que moldearon su vida, su familia y su comunidad. Hubo largas pausas, profundos silencios y una visible emoción. Con un orgullo sereno, compartió entre lágrimas cómo el aceite de palma sostenible le permitió reconstruir lo que la violencia había destruido.
Es muy difícil recordar esas historias… Vivimos la violencia cara a cara, a pocos centímetros de distancia, y estar en una situación diferente hoy nos resulta profundamente gratificante. Ser parte de esta iniciativa nos ha empoderado.
Yoger Payares, pequeño productor de San Pablo
Hoy, su finca es productiva, sus hijos estudian y su familia vive con una sensación de paz y rumbo.
Puedo cubrir las necesidades de nuestros hijos como nunca antes. Hoy, tengo una pequeña casa y un vehículo para transportar nuestros productos; eso nos ha fortalecido y seguirá haciéndolo. Lo que buscamos con la certificación RSPO es un valor agregado que genere ingresos para apoyar a nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro entorno y nuestros municipios, porque esta es realmente una cadena que empodera a muchas personas.
Piedra angular económica: Loma Fresca
La jornada continuó en Extractora Loma Fresca, pilar de la economía de San Pablo y actor central en la transformación de la región. Desde 2012, el molino Loma Fresca opera en la zona. Actualmente, procesa 30 toneladas de racimos de fruta fresca por hora y genera empleo, ingresos y estabilidad en una zona de influencia de más de 14.000 hectáreas, de las cuales 8.000 están en producción.
El ingenio es el ancla que ha posibilitado la formalización en un territorio antes dominado por la informalidad y las economías ilegales. Al optar por invertir en el sur de Bolívar cuando pocos se atrevieron, la empresa contribuyó a abrir un camino legal y productivo para las comunidades locales.

Durante nuestra visita, los periodistas conocieron la amplia gama de productos derivados del aceite de palma de producción sostenible y observaron las etapas de procesamiento que conectan a las pequeñas explotaciones agrícolas con los mercados nacionales e internacionales. Observaron cómo Loma Fresca opera como un centro que integra a los pequeños productores independientes de PromoAgrosur en una cadena de suministro formal, proporciona empleo estable y apoya procesos de certificación que elevan los estándares en todo el territorio. Aquí, la sostenibilidad no es un eslogan. Se basa en relaciones a largo plazo basadas en la confianza, el apoyo técnico y la responsabilidad compartida.
Más allá de las plantaciones: una visión compartida del territorio
En Loma Fresca, los periodistas tuvieron acceso excepcional a la planta procesadora, siguiendo estrictos protocolos de seguridad. Ver el proceso de extracción de primera mano ayudó a conectar los puntos entre lo que sucede en el campo y los productos que llegan a millones de hogares a diario.
Más tarde visitamos la finca de Sandra Cárdenas, una pequeña productora inspiradora, habló con convicción sobre el papel indispensable que desempeñan las mujeres en el cultivo de palma en Colombia. Sandra ha apoyado a su familia con la producción de aceite de palma. Con orgullo nos guio por su finca, mostrando cómo la sostenibilidad también se construye a través del cuidado, la disciplina y el liderazgo femenino.
¡Somos San Pableros! El cultivo de palma aceitera lo cambió todo aquí. Reemplazó los cultivos ilícitos por cultivos legales, donde no solo nosotros, sino toda nuestra familia, participamos. Nos cambió la vida. Nos ayudó a criar a nuestros hijos y a mejorar nuestra infraestructura y nuestras fincas. Es un cultivo rentable que nos aporta constantemente, al igual que nosotros le devolvemos el favor.
Sandra Cárdenas, pequeña productora de San Pablo

También se nos unió Francisco Mejía, cuya historia de vida refleja la transición más amplia de San Pablo. Comenzó como pescador, pero luego se dedicó al cultivo de coca durante los años más violentos del conflicto. Hace más de dos décadas, eligió un camino diferente al dedicarse a la producción legal de aceite de palma, lo que marcó una profunda transformación económica y familiar. Hoy, habla de estabilidad, tranquilidad y una comunidad que ha encontrado su mayor prosperidad gracias al aceite de palma sostenible
Para nosotros, es un honor tenerlos aquí hoy (periodistas), para que el país vea que esta forma de cultivar aceite de palma es posible. Es un cambio en la calidad de vida y también en los cultivos. Esto se puede implementar en todos los municipios donde hay tantos cultivos ilícitos. Hoy en día, es un motor económico.
Francisco Mejía, pequeño productor de San Pablo

En el viaje de regreso, seguimos el río Magdalena una vez más, esta vez contracorriente. Desde el barco, observamos los transbordadores que transportaban alimentos, maquinaria y suministros, símbolos silenciosos de un pueblo que ahora se mueve, produce y mira hacia adelante.
San Pablo demuestra que cuando el aceite de palma se desarrolla de manera responsable, con compromiso a largo plazo, alianzas sólidas y organización comunitaria, puede convertirse en una auténtica herramienta de transformación social.
En este municipio de 30,000 habitantes, el aceite de palma es mucho más que un motor económico. Hoy, sustenta una narrativa diferente: la de la resiliencia, la dignidad y un futuro mejor.




