En la vereda El Guáimaro, en el municipio de Aguazul (Casanare), se teje la historia de Miguel Antonio Ángel Parra, un pequeño productor que encontró en la palma de aceite una oportunidad para transformar su vida y la de su familia. Palmicultor de pequeña escala, desde 2006 se ha dedicado al cultivo de palma de aceite en su plantación Villa Fátima, con un área de ocho hectáreas establecidas en Elaeis guineensis.
Don Miguel llegó a Casanare hace más de cinco décadas con el propósito de salir adelante. Con el paso de los años, la palma de aceite se consolidó como el pilar de su proyecto productivo, brindándole estabilidad económica y permitiéndole ofrecer educación a sus hijos.
La palma me ha servido porque he salido adelante. Afirma, al recordar cómo este cultivo se convirtió en la base para construir un futuro con mayores oportunidades.
Su experiencia refleja el potencial transformador de la palmicultura cuando se desarrolla de manera responsable y comprometida. En su plantación, la productividad se ha mantenido constante y, hasta el momento, no se han presentado afectaciones fitosanitarias, lo que evidencia la importancia de la adopción de buenas prácticas agrícolas para la sostenibilidad del cultivo y el bienestar de las familias rurales.




