La compra de una finca con cultivos de palma descuidados, que inicialmente estaría destinada a la ganadería, terminó convirtiéndose para Olga Lucía Hernández, palmicultora de la Zona Oriental, en la mejor decisión que pudo haber tomado. “Hoy tengo la plena seguridad de que fue la mejor inversión; el mejor paso que he dado en la vida fue haber comprado esa finca”, afirma.
Cuando compró esa finca en 2018, su mirada estaba puesta principalmente en la actividad ganadera. No conocía realmente el negocio de la palma de aceite, pero encontró en la propiedad un cultivo que, con el tiempo, se convertiría en el eje de un proyecto familiar y en una fuente de esperanza para el futuro.
En 2019, comenzó a preguntarse cómo manejar adecuadamente la plantación. Descubrió entonces que las palmas que había recibido no habían tenido el cuidado necesario y decidió empezar a fertilizar.
Es un reto muy bonito y de aprendizaje, que ha sido como una montaña rusa, de subidas y bajadas, pero es un proceso enorme donde la palma se convierte en el refugio, en la esperanza de vida, en ese soporte.
Más que un cultivo, una empresa familiar
Al reconocer que la palma de aceite le ha brindado calidad de vida y la posibilidad de ayudar a otros, especialmente a sus hijos, Olga Lucía comparte el verdadero valor que significa para ella: “Ya no la veo como un simple cultivo de palma como cualquiera, sino que es mi empresa, la empresa familiar, es la empresa que ayuda a construir y a levantar esperanza de vida”, expresa.
Actualmente cuenta con un trabajador permanente y proyecta ampliar la plantación con otras 10 hectáreas. Para ella, los resultados alcanzados hasta ahora le han dado la base para impulsar ese crecimiento.
Su sueño está ligado precisamente a esa posibilidad de crecer y utilizar los frutos de la actividad para ayudar a sus hijos y, en el futuro, a otras personas.
La certificación como sinónimo de empresa organizada
Para Olga Lucía, alcanzar la certificación de APSColombia, más que un requisito, representa una oportunidad para comprender que una plantación de palma requiere una visión integral de la actividad productiva. “La certificación es la que nos lleva a valorar, a organizar y a ver que la palma no es una simple palma, sino una empresa organizada”, explica.
El proceso de certificación también le ha permitido revisar la manera como administra los recursos, fortalecer su compromiso con el medio ambiente y asumir con mayor conciencia sus responsabilidades sociales y ecológicas.
Nos ha llevado a hacer las cosas al derecho, a darnos cuenta de qué estamos haciendo con los ingresos, qué estamos haciendo mal y qué falta por hacer. Nos ha llevado a ser un poco más juiciosos, analíticos y asertivos dentro de las decisiones que se toman.
En estos esfuerzos, Olga Lucía agradece el acompañamiento recibido: “Esta certificación es invaluable y de verdad que tengo que darles las gracias expresamente a Fedepalma, al Núcleo Palmar de Altamira y a Cenipalma por todo el apoyo que nos brindaron durante este proceso”.
Para terminar, esta productora de la Zona Oriental envía un mensaje a otros productores que todavía consideran que certificarse es demasiado difícil: “Es cuestión de querer. Es querer ver esa empresa que uno tiene, verla proyectada a futuro como una empresa sostenible”.
Gracias a que la palma le ha permitido mirar hacia el futuro con esperanza y con el propósito de seguir creciendo para su familia y para otros, Olga Lucía asegura: “Yo dije en un momento: si hubiera conocido de palma, el primer paso que debí haber dado era haberle puesto los ojos a la palma”.




