Tras la pérdida de su esposo y sin experiencia previa en el campo, una docente que dedicó gran parte de su vida a la educación en su territorio encontró en la palma de aceite una oportunidad para sostener a su familia y seguir adelante. Así comenzó el camino de María Fernanda Ortega Núñez, pequeña productora del municipio de Tamalameque, Cesar.
María Fernanda asumió el reto de continuar con el negocio familiar, un proceso que la llevó a aprender desde cero sobre el cultivo de la palma de aceite. Su ingreso al sector no respondió a una trayectoria agrícola previa, sino a la necesidad de adaptarse y construir un nuevo proyecto de vida desde el campo.

Aprender desde cero para seguir adelante
Fue en 2018 cuando decidió formarse y adquirir conocimientos sobre la palmicultura. A través del acompañamiento técnico de agrónomos y de consultas constantes en internet, comenzó a familiarizarse con el manejo del cultivo, los procesos productivos y las buenas prácticas agrícolas.
En ese momento empecé a aprender sobre la palma de aceite y poco a poco le fui cogiendo amor al cultivo. Aprendí mucho con el apoyo técnico y con todo lo que investigaba por mi cuenta.
Ese proceso de aprendizaje se tradujo en resultados visibles. Con el tiempo, la mejora en la producción le generó satisfacción y la motivación necesaria para seguir fortaleciendo su proyecto productivo.
Uno siente una alegría grande cuando las cosas empiezan a salir bien y el cultivo responde al trabajo que uno hace.
Diversificación productiva y generación de empleo
Actualmente, María Fernanda lidera la parcela Los Algarrobos, que cuenta con 7,5 hectáreas de palma de aceite. En su finca también desarrolla actividades complementarias como porcicultura, avicultura y producción de mango, lo que le permite diversificar sus ingresos y aprovechar de manera integral el predio.
Todo fluye cuando ponemos pasión, responsabilidad y sentido de pertenencia por nuestro trabajo.
Como mujer productora, resalta la importancia de asumir el cultivo con una visión responsable, enfocada en el cuidado del medio ambiente y el aporte a las comunidades del territorio. En su predio genera dos empleos directos con todas las prestaciones sociales y, durante la cosecha, puede llegar a crear hasta seis empleos indirectos.
La palma de aceite transformó mi vida y la de mi familia. Gracias a este cultivo he podido brindar educación a mis hijos y también beneficiar a la comunidad de mi región.
Un hito para Tamalameque

Uno de los logros más importantes de su trayectoria fue convertirse en la primera mujer certificada en la región bajo el protocolo de Aceite de Palma Sostenible de Colombia (APSColombia), un proceso que representó un reto significativo y un referente para otros productores del municipio.
Mi finca sirvió como ejemplo y eso implicó mucha responsabilidad, pero valió la pena.
Gracias a esa experiencia, en 2025 un grupo numeroso de productores de Tamalameque logró certificarse bajo este estándar, fortaleciendo la adopción de prácticas sostenibles en el territorio.
Hoy seguimos motivando a más palmicultores para que se vinculen, adopten buenas prácticas agrícolas y fortalezcan la sostenibilidad del sector.
Un mensaje para las nuevas generaciones

Finalmente, María Fernanda hace un llamado a los jóvenes para que se involucren en el cultivo de la palma de aceite, conozcan el proceso productivo y se preparen para asumir, en el futuro, la continuidad de las plantaciones familiares.
El interés por la palma ha crecido y hoy nos reconocen por nuestras buenas prácticas y por los aportes que hacemos a la sociedad. Haber servido como ejemplo para otros productores es uno de los mayores aprendizajes que me deja este camino.

