En Tibú (Norte de Santander), donde la historia reciente ha estado marcada por la incertidumbre, hay tierras que hoy cuentan relatos distintos. En la finca Bellavista, cada palma sembrada guarda la memoria de una decisión valiente: la de empezar de nuevo. Allí, Neyla Yolima Lasso Gómez convirtió el dolor del desplazamiento y la pérdida en una oportunidad para reconstruir su vida, encontrando en la palmicultura no solo un sustento, sino un propósito.
A comienzos de los años 2000, en medio de un contexto marcado por el conflicto armado y la incertidumbre económica, Neyla tomó una decisión que cambiaría su destino. Tras la muerte de su esposo y luego de vivir el desplazamiento, la búsqueda de estabilidad la llevó a vincularse a un proyecto de sustitución de cultivos en 2002, una apuesta colectiva por transitar hacia una economía lícita.

“Yo trabajaba como docente y las primeras siembras se hicieron entre 2004 y 2005. Nuestro proyecto fue gracias a una alianza y se nos brindaba la asistencia técnica por medio de un crédito asociativo”, recuerda Lasso.
El inicio no fue sencillo. Como muchos pequeños productores del Catatumbo, Neyla tuvo que esperar varios años para ver los primeros frutos de su cultivo. Durante ese tiempo, el respaldo institucional fue clave. Junto a otras 80 familias, recibió subsidios que les permitieron sostenerse mientras la palma entraba en etapa productiva.
En 2008, decidió dar un giro definitivo: dejó la docencia para dedicarse por completo a su parcela. Fue una decisión valiente, pero también estratégica.
“En el año 2008 renuncio a la docencia y me involucro del todo al cultivo y estoy al pendiente de mi parcela. Con el paso de los años pude mejorar las productividades y también el tema financiero”, añade.
Desde entonces, su vínculo con la tierra se hizo más estrecho. Día a día, entre labores de campo y decisiones productivas, Neyla consolidó su proyecto de vida. Hoy cuenta con 10 hectáreas de palma de aceite, que no solo representan su sustento, sino también el motor de bienestar para su familia.
Gracias a este cultivo, pudo brindarles educación a sus hijas y abrir nuevas oportunidades.
“Tengo una hija agrónoma y otra que está terminando contaduría pública. La palma le ha dado un gran cambio a mi vida y la agricultura nos ha brindado bienestar. También ya tengo una casita nueva. La palma es lo mejor para la erradicación de los cultivos ilícitos”, expresa con orgullo.
Pero su impacto no se limita al ámbito familiar. En épocas de cosecha, Bellavista también se convierte en una fuente de empleo para habitantes del municipio, reflejando cómo la palmicultura aporta al desarrollo social.
Dato: Gracias a sus buenas prácticas en varias ocasiones ha sido reconocida por sus altas productividades en la asociación Asoagropalcat.
Para Neyla, su historia es también la de muchas familias del Catatumbo que decidieron apostarle a un futuro distinto.
“La palma ha sido la tabla de salvación para el Catatumbo porque es el gremio que más ha generado progreso acá en nuestra región”, afirma.
Esa convicción resume el sentir de una región que, a pesar de los desafíos, ha encontrado en la palma de aceite una alternativa de desarrollo. Neyla lo sabe bien. Lo ha vivido en carne propia durante más de dos décadas, en las que ha visto crecer sus cultivos, su familia y su proyecto de vida.
Hoy, con la experiencia que dan los años en el campo, se prepara para una nueva etapa: la renovación de sus primeras siembras. Un proceso que no solo implica técnicas y planificación, sino también la continuidad de un legado que empezó como una necesidad y se convirtió en una vocación.


